Tanto el Estado como la religión tienen mecanismos efectivos de coerción, que facilitan el control social. Por un lado, la religión hace uso de la conexión que las personas tienen con su creador, imponiendo castigos intangibles (por ejemplo, reencarnar en un ser inferior o ir al infierno, entre otros). Por otro lado, el Estado acude a mecanismos de control material, que restringen comportamientos que dañan el tejido social (imponiendo multas, penas de cárcel, etc). Para efectos de este debate, ambos mecanismos se encuentran en su mejor versión posible, es decir, el Estado es funcional y las personas creen de manera orgánica en una misma religión.